Pedir, buscar, llamar

«Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!» (Lc 11, 13)

Hay algo profundamente humano en esta página del Evangelio según san Lucas: la urgencia de pedir, la tozudez de insistir, la osadía de llamar a una puerta a destiempo. Jesús dibuja a un hombre que interrumpe el descanso de su amigo a medianoche porque necesita pan. Y el amigo, tras el rechazo inicial, termina cediendo. Es un destello cotidiano sobre la amistad: la tranquilidad nos tienta con su refugio, pero la necesidad del hermano termina desbaratando nuestro egoísmo.
la nieta del marinero

La nieta del marinero. Luis de Bertodano. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado



Los padres comprenden bien esa interrupción. Se levantan a deshoras cuando el hijo reclama presencia, aun con las fuerzas mermadas. Velar, cuidar, acoger: ahí se cifra la misteriosa vocación de la paternidad.
Sin embargo, Jesús empuja la analogía hacia un horizonte infinitamente mayor. Dios no solo aguarda nuestra confianza para pedir, buscar y llamar; Dios anhela entregarse a Sí mismo. Lo que nos ofrece para aliviar la travesía no es un simple auxilio terrenal para sobrellevar la jornada. Nos ofrece su propio Espíritu. Eso mismo sucede en cada eucaristía.
De niños pedimos lo inmediato: juguetes, ropas, monedas, caprichos que juzgamos imprescindibles. Con los años comprendemos la caducidad de ese catálogo. Las necesidades mutan, los deseos se apagan, la carne se desgasta y lo que parecía vital revela su intrascendencia.
A estas alturas de la vida ya no importunaría a mi padre con los reclamos de la infancia. Le pediría, sencillamente, su compañía. Comprendí tarde que el verdadero tesoro no estaba en sus manos, sino en su sola presencia. Madurar es, en el fondo, aprender a orar de otra manera: purificar el deseo, soltar las cosas que se ajan y suplicar aquello que permanece. Ante Dios, ya no busco remedios pasajeros para el día a día; busco la presencia que sostiene la existencia cuando la juventud se disipa y el tiempo se vuelve irreversible.
Llega un momento en que la oración se despoja de artificios. Ya no le pido a Dios lo perecedero, no porque carezca de valor, sino porque nada de ello puede detener el reloj. Suplico algo más humilde y abismal: que habite con nosotros, que su amor no expire con nuestro último aliento, que la eternidad sea el destino definitivo de nuestros afectos.
Esa eternidad no es una conquista: es pura gracia. Por eso insistimos: pedir, buscar, llamar. No para doblegar la voluntad divina a nuestros antojos, sino para adiestrar el corazón en la confianza de quien nos conoce mejor que nosotros mismos.

Piero, "mi viejo"

Pensaba en esto tras la muerte de Piero, ítalo-argentino, el cantautor de Mi viejo, acaecida a sus 81 años. Aquella melodía siempre me causó cierta incomodidad; la escuché, interpretada por un trovador, en el velorio de mi padre. Quizá porque funciona como un espejo implacable: nos enfrenta al envejecimiento de los nuestros, a nuestra propia decadencia, a la certeza de que, tarde o temprano, habitaremos el rostro de los ancianos que creímos ajenos.
Me resisto a que estas canciones sobre el deterioro ocupen el centro de un velatorio o una eucaristía. No por falta de belleza, sino porque corren el riesgo de otorgarle la última palabra a la muerte. La vejez nos alcanza y no hay tregua posible; podemos matizar los hábitos y celebrar los años, pero la clepsidra sigue su marcha. Con todo, envejecer no es agotar la existencia. A cualquier edad aguardan días inéditos, diálogos pendientes, heridas por cicatrizar y prójimos a quienes amar. Piero, con una mirada amplia, vivió el seminario y la trova, les dio letra y música a la paz y a la protesta contra la injusticia; sus letras son de "La historia sin tiempo". ¡Piero, descansa en paz!.
Por eso el Evangelio mantiene una lozanía formidable. Ante el avance inexorable de las horas, la fe no ofrece teorías abstractas, sino tres verbos encarnados: pedir, buscar y llamar.
  • Pedir, para reconocer con humildad que no nos bastamos a nosotros mismos.
  • Buscar, porque Dios suele ocultarse fuera de nuestras certezas.
  • Llamar, porque las puertas de la gracia se abren a la perseverancia.
Esos mismos verbos señalan el camino hacia los nuestros: pedirles perdón, buscar su abrazo, llamarlos antes de que el silencio gane la partida. También ellos envejecen, también nosotros nos desgastamos, y con frecuencia postergamos lo esencial.
El sufrimiento no siempre ofrece explicaciones, pero la fe nos remite al único Médico que no envejece ni muere: Jesucristo, capaz de habitar nuestra soledad, acompañar nuestro tiempo y transformar la Herida en promesa de vida eterna.
Hoy no le pido a Dios que detenga las horas. Le pido que me enseñe a vivirlas. Que nos conceda buscar mientras haya luz, llamar mientras la puerta permanezca abierta y descubrir, en el umbral final, que detrás de cada súplica de la vida solo latía un único deseo: que Él estuviese con nosotros para siempre.
Pedir, buscar, llamar
 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Pinturas


 



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