XXVIII Domingo del tiempo ordinario (Ciclo A): «Revestirse de Cristo para entrar en la fiesta»

 "Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos"

El traje elegante y adecuado para responder a la gran invitación: el gran banquete, con sabor a divinidad. Todos están invitados, pero unos se disculpan, otros ignoran la invitación, y los más violentos matan a los mensajeros. Vestir el traje o revestirse de Cristo para participar de sus bodas es urgente, es un ya, ahora, sin postergaciones.

Bodas

Nastagio degli Onesti, cuarto episodio. Palacio Pucci de Florencia.

XXVIII Domingo del tiempo ordinario. Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A). Mateo 22, 1-14


Invitados a las bodas del Hijo del Rey

El Reino de Dios se parece a un gran banquete de bodas. Todo está preparado: la mesa está servida y el rey espera a sus invitados para compartir la alegría de la boda de su hijo. No quiere celebrar en soledad; desea reunir a todos y hacerlos partícipes de la fiesta.

Sin embargo, las respuestas son desconcertantes. Algunos presentan excusas; otros ignoran la invitación y siguen ocupados en sus asuntos. Incluso hay quienes maltratan y matan a los mensajeros. La invitación que debía despertar alegría encuentra indiferencia, rechazo y violencia.

Pero el rey no cancela la fiesta. Envía a sus servidores a los cruces de los caminos para invitar a todos los que encuentren, buenos y malos. La sala termina llenándose de comensales. La negativa de unos no consigue detener la generosidad del rey.

Esta parábola nos recuerda que Dios quiere compartir con nosotros la alegría de su Reino. Su invitación no es una promesa abstracta para después de la muerte: comienza a hacerse realidad cuando acogemos su amor y permitimos que transforme nuestra vida. Las bodas eternas empiezan a iluminar nuestro presente cuando aprendemos a perdonar, compartir y acompañar a los demás.

La imagen del banquete también nos ayuda a contemplar la Eucaristía, la mesa en la que Cristo se entrega por amor y reúne a su pueblo. Santa Catalina de Siena y santa Rosa de Lima, desde su experiencia mística, expresaron su unión con Cristo mediante la imagen del desposorio espiritual. El amor al Señor no las apartó del mundo; las impulsó a orar, servir y entregarse por los demás.

Nuestra respuesta: ¿aceptamos realmente la invitación?

Nuestra respuesta a Dios no se mide por las palabras, sino por las actitudes de cada día. Es posible decir «sí» con los labios y vivir como si la invitación no importara; acudir a la Iglesia, pero alimentar divisiones y prejuicios. A veces organizamos la rutina de tal modo que Dios y el hermano nunca encuentran un lugar verdadero en ella.

Sorprende la perseverancia de Dios. Su llamada alcanza a los cruces de los caminos, a personas que jamás imaginaron sentarse a la mesa. Por eso, la parábola nos cuestiona con fuerza: ¿cuántas oportunidades de amar, servir o reconciliarnos hemos dejado pasar por estar demasiado ocupados en nuestras propias cosas? La invitación de Dios exige una respuesta concreta, y el momento de comenzar es hoy.

El traje de bodas: dejarse transformar por la gracia

El Evangelio da un paso más: el Rey encuentra a un invitado sin el traje de bodas. ¿Basta con entrar en la sala o hace falta prepararse por dentro?

San Pablo nos da la clave: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo» (Gál 3, 27). El traje de fiesta no es una vestimenta de lujo ni el privilegio de los perfectos. Es la gracia que transforma nuestro corazón. Es la fe traducida en obras: la caridad, la honestidad, el perdón y el compromiso con la comunidad.

Podemos conocer el lenguaje de la fe y sentarnos en el templo, pero si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento ajeno, estamos en la fiesta sin compartir su alegría. La Eucaristía no es un premio para los puros, sino el remedio y el alimento que nos sana para poder vivir aquello que celebramos.

La Eucaristía no es un premio reservado a quienes se consideran perfectos; es el encuentro con Cristo, que nos alimenta y nos llama a la conversión. Recibir su amor nos compromete a vivir de acuerdo con aquello que celebramos. Por eso, revestirse de Cristo es urgente: no podemos aplazar indefinidamente el perdón, la reconciliación o la ayuda que alguien necesita.

«A las bodas, mi dulce hermano»

Dios nos envía también a los cruces de los caminos. Su misericordia no exige dignidad previa, sino apertura al cambio.

Santa Catalina de Siena lo comprendió admirablemente. Al visitar en la cárcel a Nicolás Toldo, un joven condenado a muerte, no fue a juzgarlo, sino a sostener su esperanza. Acompañándolo hasta el patíbulo, le susurró al oído: «¡A las bodas, mi dulce hermano!». Allí donde todo parecía terminar, Catalina anunció la vida eterna transformando el dolor en consuelo.

Carta 273. «Giuso! alle nozze, fratello mio dolce! chè tosto sarai alla vita durabile. ..

Entonces llegó, como un cordero manso; y al verme, se echó a reír; y quiso que yo le hiciera la señal de la cruz. Y al recibir la señal, le dije: «¡Adelante! ¡A la boda, mi dulce hermano! Porque pronto estarás en la vida eterna. Se sentó con gran mansedumbre; y yo le extendí el cuello, me incliné y le recordé la sangre del Cordero. De su boca no salía más que: «Jesús» y «Catarina». Y, mientras decía eso, tomé su cabeza entre mis manos, fijando la mirada en la bondad divina, y dije: «Yo quiero».

Esa es la misión de la Iglesia: acercarnos a quienes han perdido la fe o la dignidad para recordarles que el amor de Dios jamás les ha cerrado las puertas.

La fiesta comienza hoy

Dios nos invita a las bodas de su Hijo. Su invitación es gratuita y alcanza a todos, pero nos llama a responder y a cambiar de vida. No basta con admirar la fiesta desde lejos ni con ocupar un lugar en la sala. Estamos llamados a revestirnos de Cristo y a convertir nuestras comunidades en espacios donde otros descubran que también son esperados.

Mientras caminamos hacia las bodas eternas, podemos anticipar su alegría cada vez que perdonamos, compartimos el pan, acompañamos al que sufre o devolvemos la esperanza a quien se siente excluido.

El traje de fiesta no se compra ni se presume: se teje cada día con la fe, la misericordia y el amor. Dios nos invita a su mesa; respondamos hoy, y ayudemos también a otros a encontrar su lugar en ella.


Liturgia de la palabra

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 25, 6-10a

Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Salmo

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6. R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

El Señor es mi pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,

por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,

enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume,

y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan

todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20

Hermanos:

Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones.

En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.

A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:

“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:

“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».


Pintura:

Nastagio degli Onesti, cuarto episodio. Palacio Pucci de Florencia.


0 Comments